Los dos desafíos más grandes del gobierno de Abdo Benítez – Revista PLUS

Los dos desafíos más grandes del gobierno de Abdo Benítez

Crédito columna: José Carlos Rodríguez, Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya (CADEP).

Los desafíos políticos del gobierno de Mario Abdo Benítez son severos. El desafío I, más mediático, es la institucionalidad jurídica: garantizar los derechos jurídicos en la República; luchar contra la captura del Estado paraguayo por la corrupción. Esto es lo más urgente y es permanente, pero no resulta suficiente. El otro tema de fondo, el desafío II, menos presente en el espacio público, es la política de desarrollo: invertir en la gente y en la infraestructura. Eso puede ser menos visible, pero es el futuro. Un futuro que se construye hoy.

Sobre el tema I, de corrupción hay avances. Hay un Ministerio del Interior proactivo, aunque las amenazas son agobiantes. La globalización es una oportunidad pero también puede traer amenazas. El ataque a Ciudad del Este, la impunidad de la mafia en Pedro Juan Caballero y en la frontera, está desbordando esa geografía. La mafia mata en Asunción y tiene incidencia incluso en el sistema carcelario de mayor seguridad.

Lamentablemente, esta no es una noticia con exclusividad. El delito organizado siembra caos en México y Centroamérica, en donde la mafia es un segundo poder, junto al Estado, con quien comparte el uso de la fuerza; también cosecha asesinatos en Brasil, por mencionar los países más afectados. Ahora, en el Paraguay, el Primer Comando Capital y el Comando Rojo tienen fortalezas en las fronteras y operan en la capital.

El delito organizado está complicado con los altos mandos políticos. Suele ser el caso, pero nos toca eso a gran escala. Si el Departamento de Estado de los Estados Unidos negó la visa al expresidente del Paraguay, Horacio Cartes, sospechado de contrabando internacional de cigarrillos, es porque el problema no se reduce a lo doméstico ni a la gente común.

Sino a las relaciones internacionales y a la cúpula política. La de Horacio Cartes es considerada una de las tres grandes fortunas del Paraguay. Se trata de un expresidente que buscó candidatarse a la reelección presidencial y se postuló para la senaduría. O sea, que goza de vigorosos recursos de poder institucional, sustento y seguidores.

El tema corrupción tiene muchos agujeros negros, eufemísticamente llamados cuestiones de formalización, que no son simplemente el delito organizado, pero sí la organización social no sujeta a la ley. Hay una geografía social adonde no rige el Estado, no está blanqueada. Y esta informalidad no sólo se refiere a los vulnerables, sino también a las élites. Bajo el techo de esta informalidad se reproducen fallas de Estado y fallas de mercado. Esto es, de regulación estatal y de defensa de derechos, así como de establecimiento de reglas de juego y de un ambiente de negocios con transparencia y eficiencia. El resultado de esta informalidad es una débil cohesión social.

El desafío II, política de desarrollo económico, hoy tiene buena prensa. Crecemos más que América Latina y que los vecinos. Con más del 4% de crecimiento del PIB en los últimos años, ha disminuido la desigualdad. Hay mejora en la prosperidad compartida, o sea, del crecimiento del 40% más pobre en relación al crecimiento promedio. ¿De qué quejarnos? ¿Será que todo lo que tiene que hacer el gobierno es más de lo mismo, o sea, dejarnos llevar por el viento en popa?

Sólidos informes del Banco Mundial resaltan lo positivo, pero luego van al fondo de las cosas, y ese fondo ya no es positivo, ni alentador. Tiene un componente político insuficiente y consecuencias negativas en términos económicos. Hablamos de balances actuales y de las tendencias en curso.

En primer lugar, no mejora nuestro ranking mundial, ni regional. Fue importante el crecimiento, pero el Paraguay tiene un PIB por persona que es el 40% del de América Latina y el Caribe. Con ello nos distanciamos del promedio de la región, para abajo. La tendencia es que la distancia entre nuestro crecimiento y el de los demás no se acorte.

La brecha, en el mediano plazo, se mantiene estable, o sea, la distancia entre la economía del Paraguay y las economías de la región y las economías más prósperas de la OCDE. Sin considerar que la disminución de la pobreza, que había sido positiva, ahora está frenada desde hace casi cuatro años.

En segundo lugar, no segundo en importancia, no nos hemos enriquecido. En el Paraguay han crecido los ingresos, pero no se han capitalizado. Se consume más de lo producido. El PIB creció, pero la riqueza por persona decreció entre 1990 y 2014 (1). Sumando la inversión bruta, el consumo de capital, la formación de capital humano y la destrucción del capital natural, el resultado es que la riqueza por persona no aumentó en los años de crecimiento económico. Nuestra economía sigue siendo extractiva. Hacemos más plata que antes, tenemos más ingresos, pero no estamos aumentando la riqueza promedio.

En tercer lugar, esto no es sostenible. No es simplemente por culpa de la caída de la demanda de materias primas, que es un factor externo. El desarrollo de un país es el desarrollo del capital humano y material. Nosotros no hemos acumulado más conocimientos, ni más salud por persona, en relación con los países comparables. Ni tenemos más carreteras en buen estado por persona en relación con los demás países comparables.

Si el Paraguay no invierte durante los años dorados, estos no serán años de oro, es decir años de crecimiento sólido. No estamos invirtiendo lo necesario. Con una poca contribución (impuestos) y siendo ella poco o nada progresiva, no hay suficientes recursos para invertir. Con ello, el futuro no nos encontrará más eficaces y eficientes (competitivos), sino al contrario. Ni nuestros productos serán más competitivos. Ni la soja y la carne podemos vender al precio que cobran nuestros competidores, como uruguayos, argentinos y brasileros.

¿Cómo transformar una racha de crecimiento en una mejora sostenible de mayor prosperidad compartida? A juzgar por los primeros meses de gobierno, por ejemplo, no está pensada la mejoría del nivel educativo en forma suficiente. Y, a juzgar por los primeros meses del gobierno, la universalización de la salud primaria no tiene una agenda definida. Sobre protección social hay más planes, pero solo estamos llegando a la mitad de los pobres. El tema de mejorar los servicios públicos es de primera importancia, pero también el de financiarla.

Mientras ni se hable de aumentar impuestos y solo apostar a una mejoría en el cumplimiento de los mismos, estamos aceptando ideas que no funcionan: las ideas del paraíso fiscal y de la venida del capital extranjero como un maná caído del cielo.

A esto apostamos para el crecimiento económico, como si fuera un milagro, como el del boom de Itaipú de los años 70 o el del boom granero-ganadero de los últimos años, que no constituyen espejismos, cierto, pero tampoco son suficientes para sacarnos de la situación de subdesarrollo. Este es el tema de la política de desarrollo, sobre el cual hay menos atención.

(1) BM, Diagnóstico Sistemático del País, 2018: p57.

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